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Medicina Verde es un nuevo documental, el cual aporta una visión sobre la realidad del cannabis medicinal en Chile. Sigue la historia de la Fundación Daya, una ONG que después de haber recibido la autorización del gobierno, en 2014 estableció la primera plantación legal de cannabis medicinal en Latino América.

Medicina verde documental Chile
¿Puede el cannabis medicinal mejorar la vida de los que padecen enfermedades como cáncer cerebral y epilepsia?
El equipo que ha grabado ‘Medicina Verde: Revolución Chilena del Cannabis Medicinal’ ha seguido por seis meses los progresos del debate sobre la marihuana medicinal en Chile. La película incluye numerosas entrevistas y evidencia pros y contras de la legalización del cannabis para uso médico. Las entrevistas han sido realizadas a políticos y miembros del Congreso Chileno; científicos investigando los efectos de los extracto de cannabis para uso médico; los fundadores y cultivadores de la Fundación Daya y pacientes que se beneficiaron gracias a esta planta.
La película ha sido realizada por Geek Media, dirigida por Diego Estay y producida por Paradise Seeds.

 

Fuente: Cáñamo

“Con el cannabis es un problema que la gente no sepa qué está tomando”

Manuel Guzmán lleva 20 años investigando las propiedades terapéuticas del cannabis, lo que le ha dado un estatus de referencia internacional. Son dos décadas estudiando sus múltiples efectos como agente antitumoral o ante enfermedades neurodegenerativas. Recientemente, compagina esta actividad con ser miembro de la junta directiva del Observatorio Español de Cannabis Medicinal. El jueves pasado participó en la presentación de la Plataforma Regulación Responsable, desde la que aboga por la regulación integral de esta sustancia para su uso tanto terapéutico como recreativo.

Manuel Guzman

¿Por qué es partidario de legalizar el cannabis?

Por dos cuestiones. Una es la medicinal. Cuando existe una regulación que se impone sobre la sustancia no va a haber un control de calidad, un acceso seguro, un seguimiento por los especialistas. Tenemos muchos impedimentos legales sobre la planta que impiden que la investigación básica y clínica avancen a la velocidad que me gustaría. Y hay muchos argumentos que apoyan desde el punto de vista científico-médico la apertura de estas posiciones sobre los preparados.

Desde el punto de vista recreativo —pero también de los derechos inalienables de cualquier persona al autoconocimiento e incluso la automedicación— cualquiera, de manera libre y responsable, debería tener la libertad de utilizar preparados de cannabis.

Soy partidario abierto de una regulación que permita la apertura en el consumo, utilización, de sustancias en general y el cannabis en particular. Debe ir asociado a la responsabilidad, a respetar los derechos de los demás y a la información responsable, objetiva y abierta por parte de las autoridades hacia cuáles pueden ser los perjuicios de cualquier sustancia.

¿Cualquier sustancia, no sólo el cannabis?

En una sociedad ideal, sí. Otra cosa es que habría que hacerlo poco a poco. Lo esencial es la información, la transparencia. Habría que ir haciendo programas de formación, pero en cualquier sociedad que se precie de ser libre sería un derecho de las personas, bajo programas de información y concienciación, saber qué se está tomando. Si uno va a fumar cannabis, que sepa qué porcentaje de THC tiene. Si se va a tomar MDMA, que no está mezclado con anfetamina, por ejemplo. Son políticas de acotar riesgos y abrir posibilidades.

¿En qué momento estamos en la investigación con el cannabis?

Yo pondría tres niveles de evidencia. Uno, con indicaciones más consolidadas y una evidencia sólida. Aquí hay dos aplicaciones: una es el dolor crónico. Es lo más claro y lo que más utilizan los pacientes. Hablamos de cuadros de artritits, fibriomialgia, migraña, dolor crónico, dolor neuropático… hay buenos estudios sobre los buenos efectos de los cannabinoides, tanto solos como combinados con otros analgésicos. En segundo lugar se utiliza para los trastornos del movimiento: espasmos, convulsiones, temblores, etc. En un segundo nivel, para el que hay evidencias aunque también para otros medicamentos, destacaría otros dos usos: el más clásico es la inhibición de nauseas y vómitos asociados a la quimioterapia. También está el aumento del apetito y la pérdida de peso masiva en ciertas enfermedades. Por último hay algunas indicaciones que pueden ser relevantes pero aún están en estudios clínicos tempranos. La que más repercusión ha tenido es el tratamiento de las convulsiones en epilepsias infantiles en niños en los que han fracasado otro tipo de fármacos.

¿Pero cómo se utilizan estos medicamentos? ¿Se dispensan a nivel oficial?

Hay un medicamento llamado Sativex que en España está aprobado oficialmente para la espasticidad asociada a la esclerosis múltiple. En otros países está aprobado para el dolor neuropático y el dolor oncológico, pero aquí no. La mayoría de la gente toma aceite de cannabis. A veces no viene estandarizado, es una de las lacras de la prohibición. Es un problema que la gente no sepa qué está tomando. Es la diferencia entre que se lo compres a un narco o a un Estado. No sabes la composición, estabilidad, pureza, etc. La estandarización es totalmente necesaria. Cuando tomas un paracetamol tienes que saber si tiene 100 mg o 500. Obviamente hay que saber cuando se toma un aceite cuánto principio activo está tomando para tener una previsión de sus efectos.

Como investigador, ¿cómo le afecta la prohibición del cannabis?

La Organización de las Naciones Unidas tiene una serie de listas de sustancias psicotrópicas. En la Lista 1 están incluidos la mayoría de los principios activos de las drogas que consumimos normalmente. La OMS considera que son sustancias peligrosas, adictivas, sin valor terapéutico, y hay unas restricciones muy fuertes a investigar con ellas. Ahí está el THC, lo cual es absurdo en 2015, cuando en cualquier laboratorio u hospital hay cientos de compuestos más peligrosos. Pero la realidad es que hay unas regulaciones muy estrictas que hacen que los investigadores básicos necesitemos una serie de permisos especiales. Es farragoso. A las agencias que nos financian les echa para atrás el papeleo. En la investigación básica se solventa, pero en investigación clínica es complicado.

Luego hay cuestiones relacionadas con el estigma que tienen las plantas. Por estar en la Lista 1 se considera una droga de abuso y se ve con recelo la investigación y es difícil convencer a hospitales, compañías farmacéuticas, instituciones, etc. para que apoyen estos estudios.

¿Se han dedicado más esfuerzos y recursos a demostrar los efectos negativos en vez de a investigar sus propiedades terapéuticas?

Tradicionalmente sí, aunque ahora está balanceado más o menos. Se ha invertido un poco la tendencia. Ahora hay muchos estudios sobre los posibles efectos terapéuticos.

¿Qué papel juegan las grandes farmacéuticas en esta cuestión?

Hay una cierta relación de dos caras. Una farmacéutica quiere sanar para ganar dinero. Si ve que hay una opción de entrar en el mercado en alguna enfermedad con los cannabinoides lo va a intentar. El Sativex obviamente lo hace una farmacéutica, una inglesa llamada GW. No es una multinacional, pero sí una intermedia. Están floreciendo también otras pequeñas en otros países del mundo que empiezan a hacer sus preparados. La Big Pharma tiene por un lado la idea de que pueden ser compuestos interesantes y existe al menos un interés teórico. Problemas: las regulaciones que se manejan sobre el manejo de estos compuestos. En segundo lugar el estigma del cannabis más como droga que como fármaco. Otro problema es que las farmacéuticas quieren tener su compuesto patentado y protegido, y en el caso de la marihuana no se puede patentar porque son compuestos naturales. Las compañías deberían desarrollar sus propios derivados sintéticos, y se está haciendo, pero de momento no hay ninguna que haya superado a los compuestos de la planta.

¿Qué está investigando ahora?

Trabajamos en tres líneas. Una es sobre el cáncer: intentamos dilucidar si el THC y el CBD son compuestos antitumorales. Hemos visto que pueden tener efectos estos efectos en ratones y ratas, estamos haciendo estudios clínicos en algunos tipos de tumores para dilucidar si los cannabinoides aparte de paliar atacar los tumores. La segunda línea de trabajo es la posible utilidad de estos compuestos como agentes neuroprotectores en algunas enfermedades neurodegenerativas. Es una de las vías más activas en la investigación del cannabis. Y en tercer lugar estamos intentando estudiar los efectos negativos del THC en el desarrollo embrionario cuando se fuman grandes cantidades de cannabis en el embarazo.

El cannabis entra en campaña

“Vamos a regular el cannabis en 2017”. Así de rotundo se manifestó el pasado jueves Ramón Morcillo, portavoz de la plataforma Regulación Responsable, sobre la evolución de la situación legal de esta sustancia en España. “La legislación actual no ha conseguido sus objetivos: no ha reducido el número de consumidores, ni protege la salud pública al dejar el cannabis en un mercado negro en manos de las mafias sin control que propicia, precisamente, que los menores accedan a él”, argumentó Morcillo. La plataforma aboga por una regulación integral que incluya el consumo, la producción y la distribución para evitar errores de otros países. La regulación cuenta con el apoyo expreso de Podemos, Ciudadanos, UPyD y sobre todo IU, que la incluye en sus programas hace años. El PSOE está dispuesto a debatir la cuestión. El PP, adalid de las políticas represoras en esta materia en los últimos años, está en contra. “No se trata de dar barra libre, hablamos de que la sustancia la suministre el Estado con todas las garantías y no el Chapo Guzmán”, aclaró Araceli Manjón-Cabezas, exmagistrada y exdirectora del gabinete del Plan Nacional sobre Drogas. En España un 9% de la población consume cannabis de forma habitual, porcentaje que sube hasta el 17% en la cohorte de edad entre 17 y 35 años.

 

Fuente: El diario

Cannabis y calidad de vida

Cuando escuchamos a los “expertos” en drogas en general, y en cannabis en particular, hablar de los efectos que produce el cannabis, la postura desde la que suele abordarse es desde la que se conoce como “reducción de riesgos”. El cannabis es una sustancia psicoactiva, esto es, una droga, y, por tanto, droga es igual a riesgo. Esta es la esencia de la filosofía de este paradigma.

El paradigma de la reducción de riesgos proviene de su hermano mayor, el de la reducción de daños. El concepto de reducción de daños nace como respuesta en forma de parche ante la situación de criminalización del consumo y compra venta de drogas. Las drogas se compran y se venden en la calle, generalmente en lugares insalubres y peligrosos, el usuario desconoce la calidez de la sustancia que compra y está permanente expuesto a potenciales daños de todo tipo, desde ser multado en un registro rutinario por llevar droga encima hasta la muerte por sobredosis. Los programas de reducción de daños surgen para tratar de que el usuario de drogas peligrosas, adictivas e ilegales, como es el caso de la heroína, se exponga lo menos posible a dichos daños, por ejemplo, mediante puntos de distribución e intercambio de jeringuillas, que consiguen prevenir la transmisión de enfermedades infecciosas.

Y así es como nace, años después, en el contexto de ocio nocturno y de consumo de drogas de fines de semana, el paradigma de la reducción de riesgos. Hablamos de sustancias cuya forma de ingerirlas (generalmente, por vía oral o esnifada) no produce los daños que provocan las formas de uso intravenoso, donde el daño no está necesariamente asociado con la sustancia en sí, sino con las formas de consumos (como ya se ha dicho, por ejemplo, por compartir jeringuillas infectadas). Así que los programas de reducción de riesgos basan sus objetivos en conocer los efectos secundarios de las sustancias de uso en contexto recreativo y, mediante la información objetiva a los usuarios, confiar en la racionalidad de los mismos para que se expongan al menor número posible de conductas de riesgo derivadas del consumo. Rara vez se ha contemplado el hecho de que si las drogas son consumidas por tanta gente a lo mejor no es porque tanta gente que las consume sea masoquista y quiera exponerse a riesgos innecesarios a cambio de nada, sino que quizás las personas que consumen drogas con fines recreativos es posible que lo hagan porque reciben a su vez cierta satisfacción. Es lo que, en años recientes, Eduardo Hidalgo calificó como “gestión de placeres y riesgos”, un paradigma que ya parece que está asumido, al menos desde dentro de los colectivos cannábicos.

Sin embargo, de nuevo, como consecuencia de esta permanente situación de prohibición del cannabis, para congraciarse con el legislador, los grupos cannábicos, sobre todo los colectivos asociados en forma de asociaciones o clubes de cannabis, se ven obligados a tener que hacerle la corte al sistema, llegando al extremo de afirmar, al menos por parte de algunos, que en realidad estos locales constituyen dispositivos de reducción de riesgos. Hay pocos consejos que dar en temas de reducción de riesgos de cannabis, y desde luego, no son consejos que ningún consumidor no haya llegado a ellos por sí mismo: que si es mejor vaporizar que fumar, que si mejor filtro de tabaco que de cartón, que cuidado con la vía oral y que si se tienen problemas psiquiátricos el cannabis puede agudizarlos.

Y poco más. Unos consejos que casi todo el mundo conoce y que la mayoría aplican o no, según su conveniencia. Entre otras cosas porque el usuario de cannabis es casi imposible que pueda enfrentarse a una sobredosis, y las enfermedades que se pueden transmitir por compartir un porro pocas veces serán más graves que un catarro. De hecho, se olvida que los usuarios de cannabis no fuman para evitar un desagradable síndrome de abstinencia, ni para aguantar más horas sobre una pista de baile. El usuario de cannabis suele hacerlo para aumentar su disfrute estético de la realidad, percibir ángulos novedosos y/o diferentes de una reflexión, potenciar el placer que le produce la música o apreciar sutiles detalles en un cuadro o en una poesía. Y el coste fisiológico que paga a cambio de potenciar su bienestar es mínimo, sobre todo si no utiliza la vía fumada para ingerir cannabis. En definitiva, el usuario de cannabis suele serlo porque el cannabis le hace sentirse mucho mejor de como se siente si no lo fuma, no porque necesite del cannabis para estar bien, sino porque, estando bien, el cannabis le hace sentirse mejor.

El usuario de cannabis además, por lo general, gestiona bastante bien sus consumos, y aunque haga un consumo diario, no necesariamente ello implica que sea problemático, como ya hemos expuesto en otras ocasiones en esta misma sección. Tampoco pretendo con esta aseveración hacer una especie de apología ingenua del consumo de cannabis. Simplemente, describo la realidad como estoy acostumbrado a verla cuando me muevo por entornos cannábicos, en los que, por cierto, también hay gente que decidió dejar de consumir cannabis cuando este empezó a sentarle mal. Deberá ser objeto de otro artículo el tratar de profundizar en ese peculiar fenómeno más frecuente de lo que se piensa, en el que a personas a las que el cannabis le sienta de maravilla, de repente un día, por lo que sea, empieza a sentarles mal y, sin más, dejan el consumo, tampoco sin tragedias ni padecer terribles síndromes de abstinencia. Un amigo mío fue muy explícito al respecto: “El cannabis me dejó”.

Si trasladamos este fenómeno que subyace al usuario de cannabis recreativo al usuario medicinal, entonces estamos hablando de algo que es clave en la medicina moderna: lo que se conoce como “calidad de vida relacionada con la salud”. Antes a la medicina solo le interesaba paliar los síntomas, fuera al precio que fuera, hoy las decisiones médicas sobre tratamientos se basan en una valoración equilibrada entre el tratamiento de los síntomas y la calidad de vida del enfermo. Si un tratamiento va a reducir la calidad de vida hasta límites poco tolerables, a lo mejor no merece la pena implementarlos. Los escépticos del cannabis como medicamento alegan que debe probarse que el cannabis es superior a otros tratamientos antes de que aquel sea aceptado por la medicina.

Estos escépticos lo que olvidan es que muchos pacientes que usan cannabis lo hacen porque les beneficia en su calidad de vida. Los efectos positivos que les produce el cannabis a nivel psicológico les permite sobrellevar mejor su enfermedad, y sin necesidad de dejar de tomar los fármacos de prescripción al uso, a lo mejor es que toleran mejor los efectos secundarios y, sobre todo, el sufrimiento cotidiano de padecer una enfermedad crónica. En esto estoy ahora investigando. Dicen que lo primero es la salud. Bien, lo segundo es la calidad de vida. Y eso es lo que parece que muchos enfermos encuentran en el cannabis, independientemente de su eficacia como fármaco para tratar síntomas físicos.

Fuente: Cañamo