Cannabis y calidad de vida

Cuando escuchamos a los “expertos” en drogas en general, y en cannabis en particular, hablar de los efectos que produce el cannabis, la postura desde la que suele abordarse es desde la que se conoce como “reducción de riesgos”. El cannabis es una sustancia psicoactiva, esto es, una droga, y, por tanto, droga es igual a riesgo. Esta es la esencia de la filosofía de este paradigma.

El paradigma de la reducción de riesgos proviene de su hermano mayor, el de la reducción de daños. El concepto de reducción de daños nace como respuesta en forma de parche ante la situación de criminalización del consumo y compra venta de drogas. Las drogas se compran y se venden en la calle, generalmente en lugares insalubres y peligrosos, el usuario desconoce la calidez de la sustancia que compra y está permanente expuesto a potenciales daños de todo tipo, desde ser multado en un registro rutinario por llevar droga encima hasta la muerte por sobredosis. Los programas de reducción de daños surgen para tratar de que el usuario de drogas peligrosas, adictivas e ilegales, como es el caso de la heroína, se exponga lo menos posible a dichos daños, por ejemplo, mediante puntos de distribución e intercambio de jeringuillas, que consiguen prevenir la transmisión de enfermedades infecciosas.

Y así es como nace, años después, en el contexto de ocio nocturno y de consumo de drogas de fines de semana, el paradigma de la reducción de riesgos. Hablamos de sustancias cuya forma de ingerirlas (generalmente, por vía oral o esnifada) no produce los daños que provocan las formas de uso intravenoso, donde el daño no está necesariamente asociado con la sustancia en sí, sino con las formas de consumos (como ya se ha dicho, por ejemplo, por compartir jeringuillas infectadas). Así que los programas de reducción de riesgos basan sus objetivos en conocer los efectos secundarios de las sustancias de uso en contexto recreativo y, mediante la información objetiva a los usuarios, confiar en la racionalidad de los mismos para que se expongan al menor número posible de conductas de riesgo derivadas del consumo. Rara vez se ha contemplado el hecho de que si las drogas son consumidas por tanta gente a lo mejor no es porque tanta gente que las consume sea masoquista y quiera exponerse a riesgos innecesarios a cambio de nada, sino que quizás las personas que consumen drogas con fines recreativos es posible que lo hagan porque reciben a su vez cierta satisfacción. Es lo que, en años recientes, Eduardo Hidalgo calificó como “gestión de placeres y riesgos”, un paradigma que ya parece que está asumido, al menos desde dentro de los colectivos cannábicos.

Sin embargo, de nuevo, como consecuencia de esta permanente situación de prohibición del cannabis, para congraciarse con el legislador, los grupos cannábicos, sobre todo los colectivos asociados en forma de asociaciones o clubes de cannabis, se ven obligados a tener que hacerle la corte al sistema, llegando al extremo de afirmar, al menos por parte de algunos, que en realidad estos locales constituyen dispositivos de reducción de riesgos. Hay pocos consejos que dar en temas de reducción de riesgos de cannabis, y desde luego, no son consejos que ningún consumidor no haya llegado a ellos por sí mismo: que si es mejor vaporizar que fumar, que si mejor filtro de tabaco que de cartón, que cuidado con la vía oral y que si se tienen problemas psiquiátricos el cannabis puede agudizarlos.

Y poco más. Unos consejos que casi todo el mundo conoce y que la mayoría aplican o no, según su conveniencia. Entre otras cosas porque el usuario de cannabis es casi imposible que pueda enfrentarse a una sobredosis, y las enfermedades que se pueden transmitir por compartir un porro pocas veces serán más graves que un catarro. De hecho, se olvida que los usuarios de cannabis no fuman para evitar un desagradable síndrome de abstinencia, ni para aguantar más horas sobre una pista de baile. El usuario de cannabis suele hacerlo para aumentar su disfrute estético de la realidad, percibir ángulos novedosos y/o diferentes de una reflexión, potenciar el placer que le produce la música o apreciar sutiles detalles en un cuadro o en una poesía. Y el coste fisiológico que paga a cambio de potenciar su bienestar es mínimo, sobre todo si no utiliza la vía fumada para ingerir cannabis. En definitiva, el usuario de cannabis suele serlo porque el cannabis le hace sentirse mucho mejor de como se siente si no lo fuma, no porque necesite del cannabis para estar bien, sino porque, estando bien, el cannabis le hace sentirse mejor.

El usuario de cannabis además, por lo general, gestiona bastante bien sus consumos, y aunque haga un consumo diario, no necesariamente ello implica que sea problemático, como ya hemos expuesto en otras ocasiones en esta misma sección. Tampoco pretendo con esta aseveración hacer una especie de apología ingenua del consumo de cannabis. Simplemente, describo la realidad como estoy acostumbrado a verla cuando me muevo por entornos cannábicos, en los que, por cierto, también hay gente que decidió dejar de consumir cannabis cuando este empezó a sentarle mal. Deberá ser objeto de otro artículo el tratar de profundizar en ese peculiar fenómeno más frecuente de lo que se piensa, en el que a personas a las que el cannabis le sienta de maravilla, de repente un día, por lo que sea, empieza a sentarles mal y, sin más, dejan el consumo, tampoco sin tragedias ni padecer terribles síndromes de abstinencia. Un amigo mío fue muy explícito al respecto: “El cannabis me dejó”.

Si trasladamos este fenómeno que subyace al usuario de cannabis recreativo al usuario medicinal, entonces estamos hablando de algo que es clave en la medicina moderna: lo que se conoce como “calidad de vida relacionada con la salud”. Antes a la medicina solo le interesaba paliar los síntomas, fuera al precio que fuera, hoy las decisiones médicas sobre tratamientos se basan en una valoración equilibrada entre el tratamiento de los síntomas y la calidad de vida del enfermo. Si un tratamiento va a reducir la calidad de vida hasta límites poco tolerables, a lo mejor no merece la pena implementarlos. Los escépticos del cannabis como medicamento alegan que debe probarse que el cannabis es superior a otros tratamientos antes de que aquel sea aceptado por la medicina.

Estos escépticos lo que olvidan es que muchos pacientes que usan cannabis lo hacen porque les beneficia en su calidad de vida. Los efectos positivos que les produce el cannabis a nivel psicológico les permite sobrellevar mejor su enfermedad, y sin necesidad de dejar de tomar los fármacos de prescripción al uso, a lo mejor es que toleran mejor los efectos secundarios y, sobre todo, el sufrimiento cotidiano de padecer una enfermedad crónica. En esto estoy ahora investigando. Dicen que lo primero es la salud. Bien, lo segundo es la calidad de vida. Y eso es lo que parece que muchos enfermos encuentran en el cannabis, independientemente de su eficacia como fármaco para tratar síntomas físicos.

Fuente: Cañamo

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